Otros mundos posibles


Ahora que se acerca el día del libro, y que, poco a poco, cada centro educativo comienza a plantearse la realización de actividades relacionadas con la literatura, parece que todos volvemos la mirada hacia las bibliotecas. Algunas se han convertido en espacios realmente especiales, en los que además de estudiar, los alumnos pueden disfrutar de un ámbito para el placer de la lectura.

Lo curioso es que también se pueden transformar, pese al silencio que se les presupone, en lugares donde los estudiantes se relacionan en torno a los libros. En algunos institutos y colegios, los proyectos de animación a la lectura se han convertido en importantes propuestas que acaban cohesionando la vida cultural del centro, y permiten a los alumnos compartir ideas, imaginaciones y sueños.

Conozco a dos compañeras que han trabajado de forma constante, desde hace varios años, en proyectos relacionados con las bibliotecas de centro. Se ha preocupado por realizar talleres de lectura, de escritura creativa, e, incluso, han puesto en marcha propuestas para que los padres y madres participen. Al hacerlo, le han dado una vida a la biblioteca que antes no tenía. Cada una, dentro de su propio centro, ha conseguido que esos lugares silenciosos no dejen de respirar actividad, entusiasmo y creación. Llevaron su pasión por la literatura a los estudiantes, a sus familias, y han logrado, mediante diferentes intervenciones, conseguir que se enganchen a la lectura, a los libros y a las historias. 

De su experiencia, y de la de otros compañeros, me gustaría destacar una buena idea para comenzar: los clubs de lectura. Al ponerlos en marcha, consigues transformar un acto individual, la lectura, en un espacio para lo colectivo. De esta forma, se logra que los estudiantes empiecen a compartir las emociones que les provocan los libros, y, al compartirlas, se contagian unos a otros el gusto por las historias. Estos clubs suelen funcionar muy bien cuando se desarrollan de una forma prácticamente autónoma. Es importante la aportación inicial del docente, pero, posteriormente, lo mejor es que sean los estudiantes los que van generando sus sesiones de conversación y trabajo sobre los libros leídos. Así podrán centrarse en sus gustos, y percibirán sus reuniones como un espacio compartido entre iguales.

En este punto, una cuestión de mucho interés, es ver cómo analizan las emociones de los personajes, las situaciones que les resultan conocidas, agobiantes o extrañas, porque, de esa manera, también se está trabajando sobre cuestiones relacionadas con el análisis y la gestión de las emociones. Para que todas estas cuestiones puedan producirse en las sesiones del club de lectura, es importante el alumnado aprenda a seguir una especie de “guión”, en el que establecerán los turnos de intervención, las dinámicas que se pueden llevar a cabo, y de qué forma pueden ir avanzando en sus conocimientos literarios. 

Lo primero que debe presidir estos clubs es el disfrute de los libros y la voluntad de compartirlos con los demás. Si mantenemos vivo este objetivo, el proyecto funcionará. Puede que cuente con mayor o menor participación, pero es importante no perder de vista la necesidad de que nunca se convierta en algo demasiado académico. Si dejamos de centrarnos en el placer de leer, el club de lectura perderá todo su dinamismo. Luego, cada docente, dependiendo de la clase con la que trabaje, preferirá centrarse en unas cuestiones u otras, pero sería conveniente que pudiera, de alguna forma, dar una dirección concreta a las acciones del taller, para que los estudiantes no tengan la sensación de encontrarse perdidos ante ese mundo de libros. Se puede comentar el argumento, los personajes, las emociones. Puede hablarse, incluso, de la estructura de la novela. Del lenguaje utilizado y de la habilidad del escritor para introducirnos en la trama. Y de todo esto debemos sacar una conversación fluida sobre los libros que disfrutan. Posteriormente, podemos pensar en otra serie de acciones, como escribir en un blog o en un periódico del centro esas experiencias, o hacerlo mediante un podcast, como comenté en la anterior entrada. Así, se tendrá la sensación de que toda la conversación mantenida lleva hacia una creación, consiguiendo concretar todas las ideas sobre las que han estado hablando. Al darles esa posibilidad, les convertiremos en críticos, en lectores que acaban haciendo, casi sin darse cuenta, una radiografía de los libros que han leído, mediante el placer de compartirlos con los demás. Aparte de todos los objetivos pedagógicos que puede cumplir un club de lectura, es todavía más interesante la cohesión que crea entre los estudiantes a través del libro. 

Creo que uno de los factores más importantes para mejorar la convivencia en los centros, es crear espacios donde se fomente dicha convivencia. Lugares donde los estudiantes puedan compartir algo que les resulte de interés, generando, de esa forma, aficiones que puedan compartir. Ahora que estamos en el mes del libro, es un buen momento para pensar que las bibliotecas pueden ser uno de esos espacios.

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