¡A POR ELLOS, OÉEEE…!


Ganar, ganar y ganar… y volver a ganar. Es el lema que tenía el recientemente fallecido entrenador de fútbol Luis Aragonés, también conocido  como el sabio de Hortaleza. Es un grito que los hinchas gritan a coro en los campos de fútbol. Hay que ganar al equipo contrario como sea. Y ese “como sea” hace que en ocasiones salga a flote una furia desbordada en forma de patadas, empujones, insultos y malos modos, sin importar la edad de los jugadores o la liga en la que estén jugando. Incluso sin que sea importante la propia calidad técnica del juego, ya que si ganas todo lo sucedido, falta de deportividad incluida, queda justificado. No sale gratis que el deporte de masas tome estos derroteros, impelido por ese afán de hacerse con el triunfo a las bravas y sin parar en mientes. El problema es que a veces llega a trasladar esta pauta guerrera a otros ámbitos, convirtiéndolos innecesaria y perversamente en campos de batalla en los que hay que estar, como sea, por encima de los demás, trastocando la deseable excelencia de hacerlo lo mejor posible por un hacerlo mejor… pero contra los demás, para dejarles en la cuneta.   

Es un desacierto convertir el aula en una especie de campo de Agramante (“la discordia es un campo de Agramante”), en el que los alumnos compitan entre sí creando rivalidades absurdas, en lugar de fomentar la necesidad de logro y el afán de emulación respecto a quienes son más sobresalientes. Los adolescentes en el aula no dejan de observarse unos a otros constantemente, están pendientes de todo lo que dicen y hacen. Todos quieren destacar en algo, presentar logros y éxitos, ofrecer muestras de acierto, originalidad y competencia en lo que se está cociendo en cada momento. La autoestima del adolescente necesita nutrirse del reconocimiento de lo que hace bien, pero sin olvidarse de que también es imprescindible para su autoestima que se le reconozca el esfuerzo que pone en juego para hacerlo lo mejor posible, aunque no lo consiga plenamente.

 Todo esto viene a cuento por esa tentación de meter, como una especie de “anticipo de lo que os espera en el mundo laboral”, una percepción de carrera de cien metros en todo lo que tiene que ver con el aprendizaje, como si los conocimientos y las diferentes habilidades hubiese que incorporarlos bajo la clave de derrotar a unos rivales que se sientan contigo y que están ahí, a su vez, esperando que te equivoques y metas la pata. ¿Cuál es el impacto que deja en los alumnos adolescentes un planteamiento tan extrañamente agresivo? El de que a las clases se va a tratar de no ser vencido, a evitar que te equivoques lo más mínimo, en lugar de a mostrar interés y a recibir apoyo de los que más pueden, los profesores y en su caso los compañeros más dotados, para sentir que todos nadan en la misma dirección. El alumno precisa verse arrastrado por el ejemplo de calidad de sus conmilitones, sabiendo que es imprescindible que ponga toda la piel en el asador para no quedarse atrás, y los profesores debemos organizar todo para que ese proceso de superación tenga lugar, en un clima de impulsos favorecedores que cree apoyos y participación generosa.  

            Ahora bien, ese “¡a por ellos, oéee!” sí que nos sirve como grito para que la clase se plantee unos retos que todos los presentes, sin excepción, deberían alcanzar. Crear un espíritu común de equipo, para enfrentarse conjuntamente a la consecución de metas de todo tipo –académicas, de aprendizaje social, etc.- convierte a los alumnos en compañeros que se organizan inteligentemente para llegar adonde haga falta, bajo la batuta y la sabiduría de sus profesores. Una cosa es tratar de ganar a los de al lado egoístamente y otra muy distinta preconizar un estilo de convivencia didáctica en la que los compañeros son también los principales acicates y animadores de tu esfuerzo. En el aula no hay que sentirse solo frente al mundo, sino acogido, impelido y lanzado hacia lo más alto por la generosidad de quienes van contigo, para que uno haga eso mismo con los demás en la medida de sus posibilidades.

Eso se traduce en emprender tareas de trabajo y corrección de índole cooperativa, compartir con los demás lo que se sabe, interesarse por cómo incorporar pautas y destrezas nuevas, plantear dudas, enseñar a resolver dificultades y fomentar el pensamiento creativo y de equipo para vencer el desinterés y extraer todo el provecho posible del tiempo escolar. Lo que hay que derrotar es la desidia, y el lema de “¡a por ellos!” hay que dirigirlo como voz de ánimo para superar todos los retos que se planteen en la educación, que no son pocos, de tal manera que todos los alumnos sin excepción vivan el tiempo escolar como un espacio y un tiempo en los que van a encontrar un especial empuje para ser mejores de acuerdo a sus posibilidades. No van al aula a “perder frente a” sus compañeros ni a participar en rivalidades contraproducentes, sino a avanzar lo más posible en el conocimiento y el fortalecimiento de su personalidad. 

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