Reacción sin explotar

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En la conducta interpersonal el estilo agresivo lo que pone de manifiesto es una actitud de enfrentamiento. Las conductas agresivas en la comunicación suelen ser expresiones directas o indirectas de ataque, ya sea amedrentando y menospreciando (insultos, sarcasmos, amenazas, chantajes, desafíos, indignación, etc.) o empleando alguna forma de violencia física (empujones, vejaciones, daños en las cosas, golpes…). Lo que se pretende con el comportamiento agresivo es el reconocimiento de la propia superioridad y por eso quien lo emplea para imponer su poder no respeta los sentimientos de los demás, las condiciones de cortesía o de simetría en la convivencia y, mucho menos, las opciones de posible cooperación con los interlocutores. 

No hay duda de que la pérdida de control de la conducta de un alumno es una reacción de carácter explosivo, se encuentra fuera de sí y no domina ni la forma ni el contenido. Puede ser expresiva (surge al experimentar estrés, crispación, frustración…) o instrumental, es decir, utilizada para lograr un cierto resultado (Díaz-Aguado). Cuando un alumno adolescente pierde el control de su conducta aumentan a medio plazo la crispación y el estrés originarios, produce sorpresa y tensión en el aula, provoca reacciones negativas y le impide adquirir otras formas de resolución de la crisis.

El comportamiento agresivo de un alumno siempre genera contaminación ambiental. Quienes reciben de modo directo el ataque agresivo tratan de afrontarlo de diferentes maneras: unos se retraen cediendo a las pretensiones del agresor, e incluso piden disculpas revelando una actitud de intimidación y sumisión, mientras que otros reaccionan de forma similar y contraatacan con mayor dureza dando lugar a una confrontación agresiva más o menos violenta. La contaminación, por tanto, consiste en que esa conducta agresiva impone una reacción también inadecuada.

El afrontamiento de la conducta agresiva, oponerse a ella para frenarla, es una tarea bastante difícil. El agresor puede tratar de “vencer” a toda costa y por su parte el atacado puede sentir que un afrontamiento no agresivo y sereno no le va a “compensar” por el daño que ha sufrido, a lo que se añade que las alternativas no agresivas pueden ser traducidas por todos los demás como “cobardía” (los observadores parecen “exigir” una lucha en términos clara e igualmente agresivos…). Sin embargo la respuesta competente a este tipo de comportamientos debe ser siempre contundente para tratar de frenar al agresor, ha de ser rápida, lo más económica y fácil de utilizar posible, compensadora en lo que cabe del ataque recibido y que sorprenda tanto al alumno agresivo como a la audiencia.    

El objetivo primordial es conseguir que el alumno que la emplea recupere el auto-control, y en estos casos corresponde emplear con energía y resolución el lenguaje afirmativo o asertivo. ¿Cómo se aplica ese tipo de lenguaje a la hora de hacer frente a una pérdida de control? Consiste en una secuencia comunicativa en la que el profesor trata en primer lugar que el adolescente reduzca su activación para regresar al diálogo, y no sólo una mera respuesta que pretenda únicamente imponer la propia autoridad. Es duro tener que esforzarse en evitar tomarnos el comportamiento conflictivo del alumno como un “asunto personal” para, en su lugar, razonar que lo que sucede es que no está reflexionando su conducta. Pero lo cierto es que sentirse afectado personalmente dificulta sobremanera realizar un afrontamiento asertivo efectivo. Reaccionar en el mismo tono emocional incrementaría asimismo el clima de crispación, e igualmente el ponerse a argumentar, preguntar o intentar persuadirle para que, sin más, frene su conducta.  

Ante todo hay que advertir que si ese comportamiento agresivo consiste en un ataque violento a alguien de la clase, o contra elementos materiales, lo primero de todo es impedirle físicamente que lo haga. Las fases fundamentales del lenguaje afirmativo son tres: interrumpir la conducta descontrolada, recuperar el protagonismo y la iniciativa y reconducir la interacción hacia el diálogo. Lo más difícil es FRENAR RADICALMENTE la conducta que está fuera de control. Para ello el profesor comienza pronunciando con firmeza su nombre varias veces, hasta que el alumno atienda a la interpelación personal. Si no lo hiciera se utiliza con igual firmeza una fórmula de parada (“¡VALE YA!”, “¡BASTA YA!”) y si aun así prosigue alterado y sin atender a estos requerimientos se puede dar una fuerte palmada simultánea a esas fórmulas para que todo ese ruido se concentre en paralizar su conducta y pueda prestar atención al profesor. Como último recurso, dado que el alumno está tratando de llamar el interés del profesor y de todos gritando, insultando, haciendo ruido, etc., está el retirarle ostensiblemente la atención hasta que se extinga su conducta anómala.

De acuerdo, pese a haber empleado estos métodos no siempre se va a conseguir parar a quien se ha desmelenado en clase. En esos casos habrá que ejecutar finalmente el plan concluyente establecido por el Centro para auxiliar al profesor que se encuentre en apuros. En caso de éxito, es decir, de haber logrado que el alumno detenga la conducta descontrolada por haber reducido su grado de activación, la segunda fase inmediata es la de hacerle ver que desde ese momento la iniciativa de lo que va a suceder ya no le pertenece, y para ello se le deja claro con voz muy firme pero serena que tal conducta se considera INACEPTABLE (“¡Lo que no voy a consentir…!”, “¡Lo que no voy a tolerar es que…!”). Por último a continuación corresponde ya estructurar al alumno mostrándole con precisión y brevedad CÓMO DEBE ACTUAR para que haya diálogo (“Ahora baja la voz y expón lo que te pasa…”, “Habla despacio y con un tono de voz tranquilo…”).

El profesor debe analizar en cada caso si procede o no aplicar las normas de clase que estipulan las consecuencias disciplinarias para tales conductas agresivas. Si estima que sí es pertinente dicha aplicación por el comportamiento inadecuado del alumno, utilizará para concluir el denominado lenguaje hechos-consecuencias (“Muy bien, ya he oído lo que te ha pasado… pero te has saltado una regla de conducta del aula, así que ya sabes que luego tendrás que…”).

El lenguaje afirmativo frente a las conductas agresivas es el que nos permite ejercer el máximo de presión a la hora de controlar a los alumnos dentro del aula, tanto al adolescente que ha perdido el control como al grupo que contempla esa actuación firme pero respetuosa. Pero la intervención no debería concluir aquí. Hay que completarla hablando a solas más tarde con el alumno con el que se ha utilizado la presión asertiva a fin de abordar de un modo más cercano con él lo sucedido. Eso nos permite escuchar con más tranquilidad qué le pasa y contribuir así, con el concurso del resto del equipo docente, a su mejor reajuste y evolución. Con frecuencia estos episodios resultan ser una excelente oportunidad para poder  acercarse y ayudar a aquellos adolescentes que no acaban de saber cómo instaurar la mesura y el equilibrio en sus vidas.